EL PAPEL DEL GOBIERNO Y LA SOCIEDAD EN LA PREVENCIÓN DE DESASTRES DEL MÉXICO COLONIAL
*América Molina del Villar
En el transcurso de la historia las sociedades han afrontado de manera distinta los desastres. Esas diferentes respuestas se explican por las concepciones o relaciones que han establecido estas sociedades con su entorno natural. En el México colonial se consideraba que muchas de las manifestaciones de la naturaleza como sismos, inundaciones, sequías, tuvieron su origen en fuerzas divinas fuera del alcance del hombre. Sin embargo, junto a esta fuerte visión providencialista hubo ciertas acciones sociales que intentaban aminorar el efecto de las catástrofes. En este sentido, parte de la prevención ante estos fenómenos giraba en torno a concepciones divinas y respuestas de carácter más empírico.
En el siglo XVIII novohispano la sociedad comenzó a mostrar un cambio en la manera de afrontar los desastres. De una respuesta divina y caritativa pasó a una más naturalista y asistencial. Ello se debió a la influencia de las ideas ilustradas en el gobierno y la iglesia, principales actores en la prevención de los desastres. En este trabajo abordaré el contenido divino de esta prevención, así como la aparición de un espíritu más práctico para disminuir los daños ocasionados por sismos, sequías, heladas, al igual que de algunas epidemias.
Comencé esta labor buscando en varios diccionarios de la época colonial el significado y uso de la palabra prevención. Según El Diccionario de Autoridades de 1737, prevención significaba: "la preparación y disposición de alguna cosa, que se hace anticipadamente, para evitar algún riesgo, para executar otra cosa [como] un conocimiento previo de lo que puede suceder o del riesgo que amenaza".(1) En La Enciclopedia del Idioma de los siglos XII al XX de Martín Alonso (1958), así como en el Tesoro de la Lengua de Sebastián Covarrubias (1610), se usaba la palabra prevenir, precaver y prever para señalar un conocimiento y acción "anticipada".(2)
Si bien en la época colonial el término "prevenir" no tenía un significado muy distinto al de nuestros días, cabe decir que cuando se utilizaba con relación a desastres adquiría connotaciones específicas que sí configuraban un significado particular. Vale la pena detenerse un momento para explicar esto.
En los diversos bandos que el virrey y el ayuntamiento emitían en situaciones de emergencia por desastres, encontramos términos como prever, prevenir y precaver; sin embargo, su sentido estaba relacionado con una acción post-desastre encaminada a reducir los riesgos provocados por una sequía, una helada o un sismo. La iglesia, por su parte, organizaba novenarios y procesiones con el fin de disminuir la ira divina. En los documentos casi nunca se emplean dichos vocablos con su significado actual, es decir, como acciones previas para reducir los efectos de dichos fenómenos destructivos. Ello pudo obedecer a que la respuesta del gobierno y de la iglesia casi siempre ocurría después de observar las secuelas de estos fenómenos. Como veremos a continuación, encontramos pocos ejemplos relacionados con la prevención, o sea con acciones sociales para evitar el desastre; lo que abunda en los datos son distintos tipos de respuesta eclesiástica, gubernamental y social para afrontarlos.
Como parte del pensamiento providencialista de la época, ciertas manifestaciones naturales eran consideradas como premoniciones de "males por venir", tales como terremotos, plagas o pestes. Por ejemplo, con relación al temblor ocurrido en Colima en noviembre de 1573, el cronista fray Antonio Tello señalaba lo siguiente:
De la misma manera, durante la gran epidemia de 1736 en el valle de México se decía que los bruscos cambios de temperatura, los temblores de tierra, un cometa y un eclipse, registrados unos meses antes, influyeron "siniestramente en los ánimos y cuerpos" facilitando la propagación de la enfermedad.(4)
Los temblores, sequías, heladas, inundaciones y epidemias eran considerados como un aviso de que la conducta de los hombres y mujeres distaba de apegarse a la doctrina cristiana. Este tipo de pensamiento providencialista es probablemente el responsable de que no encontremos acciones sociales para prevenirlos. Si acaso, se consideraba que un buen comportamiento o ciertos actos religiosos podían mitigar la supuesta furia divina, evidente en estas ocasiones.
Además de las procesiones, novenarios y misas realizadas después de ocurrir estos desastres, el ayuntamiento y la iglesia organizaban fiestas anuales para conmemorar algún santo cuya intercesión había resultado eficaz. Por ejemplo, debido a los fuertes terremotos registrados en la ciudad de México el 16 de marzo de 1729 se acordó nombrar a San José patrono de la ciudad:
Tal como se aprecia, el pensamiento religioso daba un escaso margen a la prevención. Los efectos de los desastres eran inevitables, sin que la intervención humana pudiera hacer algo para reducirlos. Sin embargo, ciertos actos religiosos realizados debido a la ocurrencia de algunos desastres muestran un sentido distinto de respuesta social más cercana a una supuesta prevención, como veremos en seguida.
Las sequías eran fenómenos de efectos predecibles. Por ello las fiestas religiosas a la virgen de los Remedios en la ciudad de México, abogada contra sequías y enfermedades, casi siempre se realizaban de mayo a septiembre, es decir, durante el periodo de lluvias, cuya escasez o abundancia auguraba el estado de la cosecha siguiente, dado que el maíz, alimento básico de la mayoría de la población, era un cultivo fundamentalmente temporalero. En el caso de sequías, las actividades religiosas a esa virgen pueden verse como una medida social preventiva a la escasez y hambre que acompañaba a estos fenómenos. Así pues, encontramos que en 1701, 1705, 1737, 1742 y 1761, años de sequías, la elevación del precio del maíz en mayo, junio y julio coincidió con actos religiosos tanto a la virgen de los Remedios como a otros santos. La magnitud de la sequía o epidemia regulaba el número y frecuencia de procesiones, novenarios y misas.(6)
Las sequías además se prolongaban a lo largo de varios meses. Un retraso de lluvias en mayo ocasionaba una disminución o incluso la pérdida de cosechas. Esta situación era aprovechada por los grandes hacendados, quienes retenían el maíz en sus trojes con el fin de encarecerlo y así obtener mayores ganancias. Unos meses después, en octubre y noviembre, las alhóndigas de las ciudades agotaban sus reservas de granos y el desabasto era evidente. La escasez, era así una consecuencia inevitable de los fenómenos meteorológicos, tales como sequías, heladas y lluvias torrenciales, al igual que acciones encaminadas a provocarla, como la especulación en el precio de los granos.
En economías agrícolas, como la colonial, sequías o heladas eran fenómenos muy presentes en la mentalidad de los hombres. Pero las acciones sociales para afrontarlos variaba entre los habitantes de un pueblo o de una ciudad. Por ejemplo, la sociedad rural desarrollaba sus propios mecanismos de respuesta cuando había una seria amenaza a la prosperidad de las cosechas. Existe un buen número de casos sobre migraciones temporales de indios y otros sectores rurales a las ciudades o a determinadas haciendas, para sobrevivir a la escasez de alimentos. Estos movimientos de población pueden verse como un recurso de las sociedades para evadir el hambre y la pobreza.
En las ciudades, por otra parte, las medidas para eludir la escasez de granos generalmente correspondían al ayuntamiento. A través del pósito y la alhóndiga, el ayuntamiento garantizaba el abasto regular de maíz a un precio moderado. En la ciudad de México, por ejemplo, el Tribunal de la Fiel Ejecutoría, en cumplimiento con las ordenanzas municipales, controlaba el abasto y fijaba los precios tope de los víveres y artículos de primera necesidad. En momentos de carestía, la política gubernamental de abasto entraba en contradicción con los intereses privados de hacendados: las autoridades intentaban regular el precio de los productos básicos, mientras que, por otro lado, los hacendados y comerciantes intentaban beneficiarse con el alza de los mismos. En esas ocasiones, el ayuntamiento enviaba varios inspectores a las haciendas para averiguar el estado de las cosechas, así como para requisar el grano acaparado en las trojes de los hacendados.(7)
La ciudad de México también era afectada sorpresivamente por otro tipo de fenómenos naturales como terremotos y también fue presa constante de inundaciones. Una característica común de los sismos e inundaciones eran sus efectos inmediatos. En seguida, las casas, edificios y templos se derrumbaban por temblores o por el desbordamiento de ríos. Cuando había lluvias torrenciales se temía que el centro de la capital del virreinato se inundara, tal como había sucedido en épocas anteriores a la conquista; mientras que los temblores eran fenómenos súbitos e impredecibles y por lo mismo sorprendían fuertemente a la población.
La reconstrucción de los edificios dañados era una labor que supuestamente debía desempeñar el ayuntamiento. Después de ocurrir un sismo, en sesión de cabildo se acordaba que los regidores, el procurador general, así como los maestros de arquitectura llevaran a cabo un reconocimiento de los edificios, casas, arquerías, zanjas y cañerías. Por ejemplo, en virtud de los temblores del 30 de junio de 1755, del 4 de abril de 1768 y del 8 de marzo de 1800, en la ciudad de México el ayuntamiento, con la ayuda de los arquitectos, hizo una relación pormenorizada de los daños ocurridos en casas, edificios, templos, atarjeas y acueductos, calle por calle.(8)
En las zonas rurales la respuesta social a estos desastres era la siguiente. En los pueblos de indios, por ejemplo, se contaban con fondos comunales que en ocasiones se usaban para la reparación de templos e iglesias; tal fue el caso en 1767 cuando un fuerte terremoto arruinó el templo parroquial del pueblo de Misantla. El templo se deterioró aún más por la humedad producida por las lluvias que se presentaron después, exponiendo seriamente la vida de los feligreses. Por este motivo, en 1771 los indios de Misantla solicitaron al virrey que les autorizara gastar 60 reales de sus cajas de comunidad y una parte de los reales tributos para reparar el templo.(9)
Como se puede apreciar, es difícil conocer algún tipo de respuesta gubernamental y social dirigida a prevenir los desastres. Al parecer, el sentido de prevención era distinto al actual. No obstante, como veremos, poco a poco fue surgiendo un espíritu más práctico de parte tanto del gobierno, como de la iglesia y de la sociedad civil para afrontar estas catástrofes.
En el siglo XVIII el crecimiento de la población era altamente deseable para los gobernantes ilustrados, ya que desde su concepción esto significaba riqueza; pero para ello se requería que la gente gozara de salud y bienestar. La promoción de la salud y el bienestar del pueblo se fue convirtiendo en una tarea imperiosa. De esta manera, la educación promovida por el gobierno fue sustituyendo cada vez más a la "medicina de oraciones". Esta sustitución significó, entre otras cosas, darle un nuevo sentido al origen de los fenómenos naturales: la explicación de su origen divino fue sustituido cada vez más por uno de tipo natural. En consecuencia, hubo nuevas formas de prevención e igualmente nuevas respuestas sociales ante temblores, enfermedades y crisis agrícolas.
Antonio Alzate y Sahagún de Arévalo, científicos ilustrados del siglo XVIII, difundieron sus conocimientos sobre el origen de los temblores a través de los periódicos de la época, denominados gacetas. Aunque el pensamiento providencialista seguía prevaleciendo, las interpretaciones de estos naturalistas empezaron a adquirir cada vez mayor importancia a través de su divulgación. Por ejemplo, Sahagún de Arévalo afirmó, a propósito del sismo del 16 de marzo de 1729, que la causa de estos fenómenos se encontraba en los gases generados en el interior de la tierra por el calor del sol, los cuales, al inflamarse con ciertos minerales combustibles, provocaban erupciones volcánicas o temblores de tierra.(10)
Antonio Alzate, por su parte, consideraba que bruscos cambios en las condiciones atmosféricas podían ser premonitorios de temblores. Con relación al sismo ocurrido el 4 de abril de 1768, Alzate realizó un detallado estudio, en el cual hizo notar que unos días antes se había elevado la temperatura debido a fuertes y calurosas exhalaciones subterráneas. A este excesivo calor, sucedieron días muy fríos "semejantes a los de invierno", hasta el grado de que las cimas de los cerros que rodeaban a la ciudad se cubrieron de nieve; les siguieron días nublados y lluviosos, y después ocurrió el sismo. (11)
La proliferación de estas ideas fueron expresión de una mentalidad más práctica para afrontar eventos naturales distintos. En relación con las epidemias, se dispone de manuales médicos cuyo propósito era difundir a la población conocimientos sencillos para gozar de buena salud y prevenir enfermedades. Así, por ejemplo, durante la epidemia de viruela de 1779, José Ignacio Bartolache, médico ilustrado, presentó un plan al virrey Mayorga para precaver al pueblo de la enfermedad. En el manual, Bartolache señalaba lo siguiente:
Para Bartolache las condiciones atmosféricas y topográficas de la periferia de la ciudad de México, en donde vivían los pobres, eran un germen de enfermedades. Por esta razón, recomendó utilizar grandes cantidades de pólvora para purificar el aire de barrios populares.
Durante las epidemias de fines del siglo XVIII aparecieron un mayor número de manuales médicos y científicos. En las Gazetas Literarias, como las de Antonio Alzate, se publicaron métodos preventivos contra enfermedades. Muchos de estos manuales aparecen también en las instrucciones municipales para combatir epidemias. El análisis de estos manuales refleja el paulatino desarrollo de una política sanitaria, vinculada con una conceptualización social de la enfermedad, lo que significó el surgimiento de un espíritu más práctico, en el cual la educación se convirtió en un arma indispensable para prevenir epidemias.
De esta manera, las condiciones de vida de ciertos sectores sociales fueron asociados con la propagación de las epidemias. La pobreza, los hábitos alimenticios y costumbres comenzaron a ser considerados como el origen de enfermedades. La higiene consistía en modificar ciertos hábitos y la conducta de los individuos; por ejemplo, durante la epidemia de viruela de 1793 se recomendó la purificación de las camas, la separación conyugal, el desecho de petates de los enfermos y muertos, evitar asistir a lugares públicos e ingerir bebidas alcohólicas. (13)
Sin duda, uno de los manuales del siglo XVIII con un sentido más práctico de prevención, fue el proyecto agrícola desarrollado por José Pérez Calama durante la crisis agrícola de 1785-1786.(14) En la región de Michoacán, en donde se aplicó este proyecto, sequías y heladas entre mayo y septiembre arruinaron por completo las cosechas de maíz. La carestía y la especulación no se hicieron esperar, originando una situación de crisis generalizada. Las autoridades civiles locales no disponían de fondos suficientes y, por tanto, la iglesia fue la principal y única fuente de ayuda durante la situación de emergencia.
José Pérez Calama, visitador general de la diócesis, con la ayuda económica del obispo, fray Antonio de San Miguel, promovió siembras "extraordinarias" de riego en toda la región, así como obras públicas para combatir el desempleo y la mendicidad en Valladolid. El proyecto de Pérez Calama era una instrucción político-económica, que implicaba un conocimiento de las condiciones sociales y económicas para solucionar los problemas derivados de la crisis. Estas medidas, sin duda, aminoraron las tensiones sociales que pudieron haber sido originadas por el hambre y la pobreza.
Las primeras siembras de riego se llevaron a cabo en las haciendas de Tierra Caliente, comprendidas en los curatos de Urecho, Turicato, Apatzingán, Pizándaro, Etúcuaro, Zitácuaro, Carácuaro, Taretán y Colima. Para enero de 1786 el programa ya había sido aplicado en el Bajío y en parte de San Luis Potosí. En esta ocasión, se envió un manual sobre métodos para acondicionar las tierras al riego, cuyo objetivo era difundir a los hacendados y terrazgueros métodos y técnicas sencillas para obtener buenas cosechas.
La alimentación de la población rural fue otro objetivo del proyecto. Por medio de algunas circulares se divulgaron recetas para mejorar el aprovechamiento de los granos, verduras y frutos en las comidas. Pérez Calama circuló en los curatos del obispado un folleto elaborado por Antonio Alzate titulado Consejos Útiles Para Socorrer a la Necesidad en Tiempo que Escasean los Comestibles. El arroz, según Alzate, podía alimentar a treinta personas en un día, si se hervían cinco libras de este grano con diez libras de agua y sal a fuego lento. Así también aparecieron varias fórmulas para obtener una mejor alimentación, la cual consistía en una combinación de granos, verduras y frutas, cuya obtención dependía de las características de cada región.
La finalidad de este proyecto agrícola y alimenticio era proporcionar al agricultor conocimientos y medios económicos para afrontar la crisis. Seguramente a través de estas iniciativas se intentaba evitar un abandono del campo, ya que por experiencia se sabía que durante estas situaciones los campesinos pobres emigraban a la ciudades para no morir de hambre. En condiciones como las que privaron en 1785-1786 la tierra no podía abandonarse, y así lo entendió Pérez Calama.
En el pasado colonial, la iglesia y el gobierno era los principales protagonistas para reducir daños ocasionados por estas calamidades. Sin embargo, proyectos como los de Alzate y Pérez Calama, tuvieron éxito en la medida en que consideraron las condiciones materiales y sociales de la población. La participación de esa población no es fácil percibir, pero, sin duda, fue importante en este nuevo sentido de respuesta a los desastres.
Bibliografía
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NOTAS
*
Este trabajo es una versión modificada de la ponencia presentada en el Seminario Internacional "Sociedad y Prevención de Desastres". COMECSO, UNAM, CONACYT, LA RED. México, febrero de 1994.